Am I wrong for thinking that we could be something for real?

(Fuente: Spotify)

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Somos tan guapos.

Somos tan guapos.

Hoy toca pepino. Del que se come.

Hoy toca pepino. Del que se come.


https://www.youtube.com/watch?v=qVn2YGvIv0w


Sería la última vez que escucharía la melodía sonar de las cuerdas en el piano y moriría con ellas. Escoge la pieza, tienes excelente gusto, le dijo el Maestro al pianista. El Maestro sonriente se acomodaba de costado al piano, sentando en sus piernas a la niña recién llegada. A quien llamaban Pauline. Apenas de unos dieciséis años, ella no vestía más que un vestido de una sola pieza de un color lila y sus labios con un poco de brillo. Casi natural. Algo temerosa de lo que ocurriría, se quedó tranquila cuando escuchó las primeras notas que el joven apuesto hacía sonar en el piano. Él lucía sereno, peinado y rasurado vistiendo solamente un moño en su cuello, unas trusas ajustadas y unos zapatos brillosos y limpios negros. Él había elegido Canon en D Mayor de Pechebel. Esa sería su sentencia. No su sentencia como un castigo, no lo veía así, sería el honor con el que daría sus últimos suspiros, mientras tocaba la canción. Y comenzó sintiendo cada nota que sus dedos imprimían en las teclas. Una tras otra. Y de nuevo.  Y otra vez. Se repetía la melodía, con variaciones de ritmo y notas agregadas. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.
De vez en cuando se les ordenaba a los violines acompañar al apuesto pianista. A Gabriel. Un joven que había nacido en Croacia y renombrado así en el castillo. Y así por mucho tiempo sonaría la música. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. A veces eran los cellos quienes le acompañaban. Hasta que se cansaban de hacerlo. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Pero el pianista no paraba. Nunca lo hacía. Llevaba horas. También le acompañó una guitarra, y parecía que casi se rendía, pero lo hacía con un ritmo que parecía que lloraba junto con las lágrimas de Pauline. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Pero el Maestro limpió las lágrimas y le dijo que no llorara.  Que así debía ser. Que la música era un medio de transporte.
En algunas ocasiones la melodía cambió. De pronto fue Bach y de pronto Mozart. Pero no paraba de tocar nunca. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Y volvía a Canon en D Mayor.
De tanto en tanto, se acercaba una mujer negra, vestida casi en su totalidad a inyectar algo al joven pianista. Cuando estaba a punto de caer. Y continuaba la música. El pianista lucía bien. Se había ejercitado toda su vida y sometido a estrictos entrenamientos y dietas. Además de las horas que estaba frente al piano. Tocando una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.  El Maestro ya había pasado de retener a la niña en su regazo, a tomarla de sus brazos e intentar bailar con ella. A darle un beso en la mejilla y decirle lo hermosa que era. Porque lo era. La sostenía ya desnuda. Y él seguía sonriente, parecía que la música perdonaba todo lo a que a alguien pudiera parecerle indignante. Ella no entendía.
Pachebel seguía sonando en la sala que era más bien un salón tan amplio que de él colgaban lámparas de decenas de velas. Las paredes pintadas todas a mano, haciendo réplicas exactas de los cuadros de Monet. Y la música seguía sonando. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. La comida era servida en las mesas a los costados. Fruta fresca. Helados y tartas de todos los sabores. Aves y carne de caza asada y cocinada de mil maneras con hierbas, aceites y salsas.
Al salón entraban todo tipo de personalidades  que sólo el Maestro conocía por nombres e identidad. Gobernadores de todo el mundo, generales de todos los ejércitos, Millonarios de todos los bancos. A todos les entregaban en la mano a un joven o una joven de no más de dos decenas de años. Todos con vestimentas diseñadas a la medida. Todos con figuras atléticas. Todos hablaban al menos tres lenguas, tocaban instrumentos o eran atletas en alguna disciplina. Todos eran hermosos y hermosas según los estándares de aquellos tiempos. Todo mientras el pianista estaba en el medio del salón, armonizando la escena que parecía no ser real. Pero para él lo era desde que tenía memoria. Pero no para todos esto era la vida que recordaban.  
Sentado frente a Gabriel estaba Johan. Quien habría de acompañarlo en sus últimos suspiros tocando el violín. Y cuando comenzó a hacerlo, las teclas del piano eran rojas todas, escurrían a las finas alfombras aquella mocosa sustancia color carmín. El joven había perdido casi la compostura y su cabello se había desaliñado. Pero Johan no comenzó una nota sin antes acercarse a Gabriel y besarlo en la mejilla. Le transmitió todas aquellas veces que durmieron juntos en la privacidad y en el morbo de las miradas del Maestro y sus acompañantes. De las veces que besaron sus labios y tomaron sus manos en la ternura y la lujuria de los demás.
El pianista de alguna manera había entrado a un estado mental donde ni una lágrima ni un quejido de dolor habían dejado escapar de su cuerpo. Moría con cada nota que dejaba en el piano, con cada gota de sangre que escurría de sus dedos. Y el violín sonaba junto a él. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.  
Sólo ellos dos entendían aquella melodía que terminaría la vida de uno y dejaría al otro en las manos de quienes los habían tenido por un tiempo casi incontable. Pero Johan no olvidaba cuando corría atrás de su hermana en el campo a las orillas de la ciudad.
Y junto a Gabriel, estaba la música del violín de Johan. Que también sería incesante hasta que Gabriel terminara. Y terminaría hasta que respirara por última vez. Cuando esto ocurriera, también habría terminado el placer desenfrenado para todos los participantes de aquella reunión. Nadie escucharía jamás los ruegos ni limpiaría las lágrimas y sangre de aquellos jóvenes.
Y así fue cuando Gabriel tocó sus últimas notas. Acompañado de la melodía de quien habría sido su amigo. Su amante. Todo el salón se calló cuando el pianista cayó a la alfombra que toda era ahora color rojo intenso. Gabriel, desnudo frente al cuerpo, dejó caer el violín y salió del salón.

Sabía que nadie en el exterior escucharía sus lágrimas. Sabía que nadie limpiaría sus gotas de sangre. Era él. Solo. Pero no moriría tocando su violín. No moriría sin recordar antes cual había sido su nombre alguna vez. No moriría sin saber dónde era el campo en el que solía correr y ahora había olvidado. No moriría odiando algo que amaba y había muerto junto a su amigo. La música. 

https://www.youtube.com/watch?v=qVn2YGvIv0w

Sería la última vez que escucharía la melodía sonar de las cuerdas en el piano y moriría con ellas. Escoge la pieza, tienes excelente gusto, le dijo el Maestro al pianista. El Maestro sonriente se acomodaba de costado al piano, sentando en sus piernas a la niña recién llegada. A quien llamaban Pauline. Apenas de unos dieciséis años, ella no vestía más que un vestido de una sola pieza de un color lila y sus labios con un poco de brillo. Casi natural. Algo temerosa de lo que ocurriría, se quedó tranquila cuando escuchó las primeras notas que el joven apuesto hacía sonar en el piano. Él lucía sereno, peinado y rasurado vistiendo solamente un moño en su cuello, unas trusas ajustadas y unos zapatos brillosos y limpios negros. Él había elegido Canon en D Mayor de Pechebel. Esa sería su sentencia. No su sentencia como un castigo, no lo veía así, sería el honor con el que daría sus últimos suspiros, mientras tocaba la canción. Y comenzó sintiendo cada nota que sus dedos imprimían en las teclas. Una tras otra. Y de nuevo.  Y otra vez. Se repetía la melodía, con variaciones de ritmo y notas agregadas. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.

De vez en cuando se les ordenaba a los violines acompañar al apuesto pianista. A Gabriel. Un joven que había nacido en Croacia y renombrado así en el castillo. Y así por mucho tiempo sonaría la música. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. A veces eran los cellos quienes le acompañaban. Hasta que se cansaban de hacerlo. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Pero el pianista no paraba. Nunca lo hacía. Llevaba horas. También le acompañó una guitarra, y parecía que casi se rendía, pero lo hacía con un ritmo que parecía que lloraba junto con las lágrimas de Pauline. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Pero el Maestro limpió las lágrimas y le dijo que no llorara.  Que así debía ser. Que la música era un medio de transporte.

En algunas ocasiones la melodía cambió. De pronto fue Bach y de pronto Mozart. Pero no paraba de tocar nunca. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. Y volvía a Canon en D Mayor.

De tanto en tanto, se acercaba una mujer negra, vestida casi en su totalidad a inyectar algo al joven pianista. Cuando estaba a punto de caer. Y continuaba la música. El pianista lucía bien. Se había ejercitado toda su vida y sometido a estrictos entrenamientos y dietas. Además de las horas que estaba frente al piano. Tocando una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.  El Maestro ya había pasado de retener a la niña en su regazo, a tomarla de sus brazos e intentar bailar con ella. A darle un beso en la mejilla y decirle lo hermosa que era. Porque lo era. La sostenía ya desnuda. Y él seguía sonriente, parecía que la música perdonaba todo lo a que a alguien pudiera parecerle indignante. Ella no entendía.

Pachebel seguía sonando en la sala que era más bien un salón tan amplio que de él colgaban lámparas de decenas de velas. Las paredes pintadas todas a mano, haciendo réplicas exactas de los cuadros de Monet. Y la música seguía sonando. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez. La comida era servida en las mesas a los costados. Fruta fresca. Helados y tartas de todos los sabores. Aves y carne de caza asada y cocinada de mil maneras con hierbas, aceites y salsas.

Al salón entraban todo tipo de personalidades  que sólo el Maestro conocía por nombres e identidad. Gobernadores de todo el mundo, generales de todos los ejércitos, Millonarios de todos los bancos. A todos les entregaban en la mano a un joven o una joven de no más de dos decenas de años. Todos con vestimentas diseñadas a la medida. Todos con figuras atléticas. Todos hablaban al menos tres lenguas, tocaban instrumentos o eran atletas en alguna disciplina. Todos eran hermosos y hermosas según los estándares de aquellos tiempos. Todo mientras el pianista estaba en el medio del salón, armonizando la escena que parecía no ser real. Pero para él lo era desde que tenía memoria. Pero no para todos esto era la vida que recordaban.  

Sentado frente a Gabriel estaba Johan. Quien habría de acompañarlo en sus últimos suspiros tocando el violín. Y cuando comenzó a hacerlo, las teclas del piano eran rojas todas, escurrían a las finas alfombras aquella mocosa sustancia color carmín. El joven había perdido casi la compostura y su cabello se había desaliñado. Pero Johan no comenzó una nota sin antes acercarse a Gabriel y besarlo en la mejilla. Le transmitió todas aquellas veces que durmieron juntos en la privacidad y en el morbo de las miradas del Maestro y sus acompañantes. De las veces que besaron sus labios y tomaron sus manos en la ternura y la lujuria de los demás.

El pianista de alguna manera había entrado a un estado mental donde ni una lágrima ni un quejido de dolor habían dejado escapar de su cuerpo. Moría con cada nota que dejaba en el piano, con cada gota de sangre que escurría de sus dedos. Y el violín sonaba junto a él. Una tras otra. Y de nuevo. Y otra vez.  

Sólo ellos dos entendían aquella melodía que terminaría la vida de uno y dejaría al otro en las manos de quienes los habían tenido por un tiempo casi incontable. Pero Johan no olvidaba cuando corría atrás de su hermana en el campo a las orillas de la ciudad.

Y junto a Gabriel, estaba la música del violín de Johan. Que también sería incesante hasta que Gabriel terminara. Y terminaría hasta que respirara por última vez. Cuando esto ocurriera, también habría terminado el placer desenfrenado para todos los participantes de aquella reunión. Nadie escucharía jamás los ruegos ni limpiaría las lágrimas y sangre de aquellos jóvenes.

Y así fue cuando Gabriel tocó sus últimas notas. Acompañado de la melodía de quien habría sido su amigo. Su amante. Todo el salón se calló cuando el pianista cayó a la alfombra que toda era ahora color rojo intenso. Gabriel, desnudo frente al cuerpo, dejó caer el violín y salió del salón.

Sabía que nadie en el exterior escucharía sus lágrimas. Sabía que nadie limpiaría sus gotas de sangre. Era él. Solo. Pero no moriría tocando su violín. No moriría sin recordar antes cual había sido su nombre alguna vez. No moriría sin saber dónde era el campo en el que solía correr y ahora había olvidado. No moriría odiando algo que amaba y había muerto junto a su amigo. La música. 

Antologías concurrentes turned 4 today!

Antologías concurrentes turned 4 today!

"Tengo más cuentos que contarte que García Márquez"

"Tengo más cuentos que contarte que García Márquez"

Remedio para la gripe

Cuando era pequeño y me encontraba enfermo, mi abuela me pedía que le diera muchos besos. Decía que así le contagiaba la enfermedad y a mí se me quitaba. La verdad nunca creía cuando me decía cosas así, pero sonaba tan convencida que yo lo creía. A la fecha, no logro recordar si alguna vez me curé de alguna gripe con tal remedio. Tal vez sí.

Pero ella siempre decía la verdad. Recuerdo aquella vez que el carpintero olvidó recoger su tiradero y no titubeó para llamarlo huevón. Enfrente de todos, ella no reparaba en decir lo que pensaba. Su honestidad se basaba, obviamente, en que toda la gente era pechona y mentirosa menos sus hijos. Por mucho tiempo no entendí qué significaba pechona. Acaso una señora de senos grandes. Más tarde, mi padre me explicó que esa era la gente que buscaba aprovecharse de ti.

Entonces entendí todo. Quien sea que no fueran sus hijos o nietos, eran gente aprovechada y mentirosa. Todos, menos la familia. Bueno, el abuelo sí. Jamás vi que ellos pelearan enfrente de mí pero muchos menos, que se tomaran de la mano. No entendía cómo entonces, si los bebés nacían cuando los padres hacían el amor, mis tíos habían nacido. Pero así eran los abuelos. Eran dos personas que vivían en mismo techo pero en mundos diferentes. Eso sí, ella siempre decía que el abuelo era farol de la calle y oscuridad del hogar.

Aunque nunca lo confesó, yo creo que la abuela sí amó a alguien. Lo sé porque cada que veía a Pedro Infante cantando alguna copla a alguna doncella, ella sonreía. Lo sé porque cuando sonaba “si no te hubieras ido sería tan feliz” ella pedía que le subieran al volumen y ensimismada, se dejaba llevar por la música. Todavía cuando suena esa canción, puedo ver a mi abuela sentada a un lado con la mirada perdida en la melodía. Pero también me arrepiento aun de no haberle preguntado quien era el hombre a quien ella amó. O fue un amor que la abandonó o murió. O simplemente fue el abuelo que sin abandonarla físicamente, dejó de regalarle cariño. Y posiblemente ella no conoció el amor a través de un hombre. Pero sí a través de sus nietos. De los hombres no porque ella decía que eran mentirosos y que las mujeres eran aprovechadas. Y tal vez por eso siempre cuidó de nosotros y nuestras parejas.

Posiblemente el amor es solamente la música que nos hace llorar mientras sonreímos. Tal vez el amor es quedarte a lado de alguien toda la vida buscando que no tenga frío. Tal vez el amor es dar una esperanza y una sonrisa en los momentos más tristes. O simplemente es cuando la abuela nos pedía besos para que le contagiáramos los males y no los sufriéramos nosotros.

Y a decir verdad, si la gripe nunca se me quitó, siempre podré recordar cuando ella muy segura me abrazaba jurando que se me quitaría. Eso nunca se olvida.

La última vez que vi a mi abuela, estábamos toda la familia reunida, tomados de las manos y rezando por su salud. Todos derramábamos lágrimas menos ella. Ella no creía en las lágrimas. Afirmaba que se recuperaría pronto. Entonces, cuando terminamos de rezar y nadie sabía qué

decir, el más pequeño de la familia se acercó a ella. La tomó de la mano y le dijo que le diera muchos besos, que así ella sanaría.

De caballeros y pendejos.

¿Por qué te gusta puro pendejo?, le pregunté mientras se arreglaba el cabello. Y con la mirada de desdeño con la que veía a cualquiera que consideraba inferior a ella, me respondió tan contundente que cualquier que no hubiera sido yo, hubiera huido. No sé, eso deberías saberlo tú porque antes me gustabas, respondió Paula.  Hice un intento de sonrisa y bajé la mirada. Porque yo te gustaba precisamente cuando era un pendejo, admití. Sin querer  yo le di la bofetada con guante blanco. Te ves como me gustan, le dije en un intento de cambiar el tema. A ti te gustan con pantalones ajustados, y también pendejos, dijo. Está bien, perdí en mi pelea con ella. Me dio un beso en la mejilla. Te quiero, dijo Paula mientras se alejaba de mí caminando a su auto. No sé en qué momento no consideré la opción de casarme con una mujer que, además de sensual, era más inteligente que yo. Dicen que si te gusta por su físico es deseo, por su inteligencia es admiración, y quizá por eso no la consideré. No necesitaba de su herencia millonaria ni de sus títulos académicos.  Ella tampoco necesitaba lo mío.

Tiempo atrás cuando yo le gustaba, yo consideraba tan fácil salir a invitar a una niña a una fiesta y llevármela a la cama. Así de fácil como invitar a un cabrón a beber y también llevármelo a la cama. Por supuesto que nadie sabía lo último. Claro que el común denominador de mis citas era el tipo de personas que solían gustarme. Niñas buenísimas y simples. Cabrones sabrosos y pendejos.

Los pendejos, tienen algo atractivo para algunos de nosotros. Y es que es más sencillo evitar fastidiosas discusiones argumentadas en las que a veces tienes que aceptar perder, a que cualquier cosa que digas la admiran. Cualquier persona común, se conforma con cualquier salida.  El pendejo nunca lo piensa mucho para irse a la cama y uno menos lo piensa dos veces para no volverlo a llamar.  Y es mejor cuando no da su punto de vista acerca de cualquier tema de interés del cual muestra poco conocimiento. Y ahora que lo pienso, jamás logré salir con un no-pendejo. Por el contrario, extraño cuando alguna de las niñas con las que salía resultaba ser diferente a la mayoría. Una persona interesante con la que platicaba más de lo normal y terminábamos discutiendo cualquier asunto al terminar de acostarnos. Y las volvía a llamar. Pero ya no contestaban. Pero era diferente de Paula. Ella nunca se acostó con cada pendejo que conocía. Pero se decepcionaba cada que sólo la invitaban al antro o pasarse un fin de semana en la playa. Tal vez nunca nadie la ha invitado sólo a tomar un café.

Al regresar Paula al departamento, horas más tarde de nuestra pequeña discusión, intenté adivinar cómo la habían decepcionado esta vez. Pero no me atreví a molestarla. Entró a la sala donde yo me encontraba leyendo la increíble historia de Golo. Creo que el narrador era un otro yo. Sabía lo que es enamorarse a lo pendejo de un ¿pendejo? Paula apenas sonrió, nerviosa. ¿Recuerdas a Juan? Preguntó apenada. No realmente, Pau. Dije dudando. El hermano de Karla, contestó entusiasmada, el que toda la vida me ha invitado a salir, al que toda la vida mandé al carajo. Pues sí, aquel hombre que siempre molesté de ser chistoso. Aquel al que nunca ayudé para que saliera con Paula. Pues ese hombre por fin había ganado una cita con Paula. No sin antes prometerle que al menos le diera una oportunidad, y jamás la volvería a molestar. Y consiguió más de una cita.

¿Entonces terminó la mala racha? Pregunté esperando que no se enojara. No sé, respondió incrédula aún, reí mucho con él. Apartó la mirada y sonrío con ganas. Era la primera vez que al conocer a alguien, no mencionaba lo patán que era, lo rico, lo inteligente, lo guapo, lo sexy, su coche o si carecía de todo esto.

Pasaron semanas en las que siguió saliendo con él, y por fin me lo presentó como su novio. Ella estaba muy contenta cuando llegaron al departamento para la cena que había preparado. No creía la sonrisa que ella tenía. La extrañaba y al mismo tiempo sentí no ser yo quien la provocara. La cena donde formalmente se presentaron como novios fue todo menos incómoda. Reímos bastante, y es que aquel tipo tenía una manera de decir las cosas tan simples sin burlarse y podía traer un comentario tan atinado que resultaba ser cómico. Nunca platicó de lo que tenía pero sí de lo que valoraba. Y me resultó extraño no haber encontrado a alguien así yo antes. Su caballerosidad y tan sutil gusto por las cosas simples no eran planeadas. Porque uno sabe cuándo un hombre abre la puerta de tu coche para poder abrirte las piernas en la cama.

No podría hacer una descripción de cómo es él o porque ella decidió quererlo. En realidad estaba fuera de los estereotipos que yo o ella hasta entonces conocíamos. Es mejor no saber por qué te gusta alguien. Sólo eso, te gusta.

Al finalizar la cena, el afortunado se acercó a mí mientras Paula se distrajo. Gracias porque no me la presentaste cuando yo insistí, no hubiera estado listo. Me confesó. Se retiraron sin haber terminado sus copas de vino, poco antes de las 11. Pensé que la cena terminaría en algún otro lado, pero Paula me mandó un mensaje como solía hacer, que ya estaba en casa.

Sin saber qué pasaría, tomé el libro de la historia de Golo. Aquella donde yo me identificaba con el novio de aquel artista e idealizaba a que los pendejos que me gustaban eran como él. Le quité el separador al gastado libro y lo coloqué hasta arriba en el librero. Terminé de limpiar la mesa y me fui a dormir.

Creo que es mejor cuando te gusta alguien sin saber por qué pero no sólo porque sí.

Capítulo 14, primera parte.

Carlos

            Si estas fueran hojas de papel, ya las hubiera arrancado todas y las hubiera quemado. Pero no lo son. Cual revolucionario, estoy escribiendo desde una laptop. Estoy entre escribir una nueva entrada de blog o borrarlas todas, cerrar mi lap y continuar con mi vida y dejarme de mamadas. ¿Recuerdan la anterior sobre mi amigo y sus fetiches? Yo sí, mi vida está llena de trivialidades así, pero son graciosas. Él ahí sigue pero ya tiene otro nuevo amor de su vida. Mientras él se preocupa por conseguirlas más buenas, a mí me dio por tener miedo por las elecciones que estaban por suceder.

            Así como así, de pronto empecé con una ansiedad de las cosas. Prometo que me llamaba un apático de la política más por flojera que por otra cosa, como todos. Pero antes del triste día del primero de julio, yo tenía esperanzas. Pasé de una negatividad, a un temor, a una ansiedad, a una preocupación. Pa’ qué decir que todo terminó en una decepción. Pero antes de esta, tomé un cuaderno, dividí en cuatro partes todo, puse sus nombres. Leí, investigué, busqué noticias, todo. No tardé en decepcionarme al escribir su historia académica, pero aun ilusamente pensé que el menos preparado sería el que lógicamente tendría menos oportunidad, la gente no quiere a un imbécil por presidente. Tan pronto hice ese juicio, llegué a la parte donde vi quiénes eran las parejas de los candidatos. Pues ese menos preparado tenía todas las de ganar cuando vi a su esposa. ¿Recuerdan aquellas pláticas en la marcha sobre la política y la farándula juntas? Ahora entiendo todo.

            En hojas del papel, antes de tener información y bien despreocupadamente escribí en la sección del “menos preparado”: Atenco. Cuando comenzaba a leer noticas, testimonios, ver fotografías y demás, perdí aire,  tuve escalofríos. —¡No mames¡ —Dije en voz alta. No escribí nada del suceso, y como niño sin poder describir su sentimiento, puse una carita triste.

            Solté la pluma y pensé. Lo que da más pinche miedo es pensar que haya él dado alguna orden de ese tipo o no, es su responsabilidad. Por otra parte la gente que obedece ese tipo de órdenes es esa misma que en tiempos medievales viola a las mujeres de pueblos que conquista. Haya sido o no una orden de crimen, se fue más allá de lo perdonable. Fue cuando recordé la cara de mi tío al contarme lo ocurrido en Tlatelolco. No como víctima, sino como policía. Creo que él nunca se lo va a perdonar. Lo bueno es que las televisoras nacionales se han dedicado a poner al Estado de México en alto y nadie sabe qué pasó en Atenco. O lo que pasó en Acteal. O en Tlatelolco. A quién le importa.

            —¿Ya sabes por quién vas a votar?

—No voy a votar.

—No mames, ¿y eso?

—Pues no.

—Qué pinche indiferente, por eso estamos como estamos por gente…

            Otra vez la burra al trigo con sus frases malgastadas. Pues me ahorro el resto del discurso que le siguió a aquella afirmación. Seguro ya lo saben. Aquel discurso moralista lleno de intenciones de provocar una culpa que provocara en mí el deseo y la esperanza de un México mejor, que votar cambiaría todo. Y sí, o no.

            —Güey, a ti no te importa nada. Ya en serio. Mínimo ve a la marcha.

            —No iré a una marcha, tal vez no tengo mucho qué hacer pero tampoco tengo todo el tiempo libre.

            —No haces nada, sólo entrenas y entrenas. ¿Para qué? El deporte de alto rendimiento además de ser mortal, es difícil que alguien logre algo. Qué hueva eso de las olimpiadas y así. Mejor haz algo por tu país y vota. Y ve a la marcha

            —Recuérdame, ¿para qué es la marcha?

            —No queremos a ese… como candidato.

            —Y si lo cambian, ¿seguro pondrán a uno que sí es bueno?

            —Al menos preparado.

            —¿Menos corrupto?

            —Pues que no deje al país en quiebra.

            —¿Como el orejón?

            —Pinche criticón cabrón, no vuelvo a comer sushi contigo. Por cierto, ¿recuerdas esa vieja…?

            Pa’ qué les cuento lo demás.

Pinche amigo pendejo que ni sabe nada.  Veré como la “democracia” en México se va al carajo sin poder hacer nada, que igual tampoco sirve. Retrocediendo como sociedad, la libertad de expresión continuará hundiéndose. Unos marchando frente a televisoras cínicas, otros criticando el sistema mientras beben Starbucks, otros viendo telenovelas mientras se quejan del precio de las tortillas, otros como yo, entrenando y superando sus fantasmas que nos los dejan en paz pero ¿y eso como pa’ qué sirve?.

 

Por cierto, a mi amigo le dio por votar por el candidato del que todos nos burlamos porque cambió de morra y ella creía que pues “hay que confiar y creer en alguien”. Total, creo que mi amigo hasta tiene algún puesto en algún grupo de esos activistas. Bien raro.

 

Por cierto, no voy a votar porque me faltaba mucho para cumplir los 18.

           

 

 

Rodrigo

            Fiestas patronales. Varían de norte a sur y de centro a costa, cada una con comida diferente, cada santo diferente y costumbres diferentes. Yo fui partícipe de ellas por toda mi infancia, de una u otra manera cada año va cambiando la manera de vivirla y contemplarla. Barbacoa el viernes, gorditas, atoles, tamales, pambazos el sábado para desayuno. Comer asada y se cenar tacos de pastor. Dulces, pan y demás el domingo por la mañana a la espera de la comida con mole del lunes por la tarde. Sean tres o cuatro o más días hay comida a todas horas en todos lugares y para todos. He ahí dónde mi abuela me enseñó a cocinar para muchas personas, demasiadas. Recuerdo que un día muy valiente le dije que me despertara temprano a ayudarle. A las 4 a.m. muy cariñosamente se paró a despertarme y me dijo que le ayudara, nos pusimos a picar verduras,  a cocer otras y a amasar masa. Que si mataban al puerco, que si el borrego o el chivo. A ordeñar y hervir la leche, llevar a moler el maíz. Todo para satisfacer paladares y no sólo llenar estómagos. Ocho de la mañana, nueve, mediodía para que a las dos se sirviera la comida. Todos comen, ríen, toman y siguen la fiesta, las mujeres: siguen trabajando en la cocina.  El resto de la tarde más tortillas y más lavar trastes, y vaya que en mi caso había gente que limpiaba, no es como que mi abuela fuera la señora que todo hace, pero aun así era demasiado trabajo. No es por nada que esos días en la noche yo caía rendido y ni ganas de divertirme en las ferias, digo, también me divertí.

 Pero fui de esos niños que le tenían recelo a ciertas tradiciones, yo a esas fiestas patronales donde todo me parecía un gasto de dinero, y aunque mi padre era orgulloso aportador, además de por ser de los más ricos, era un deber social. A diferencia de otros niños yo limitaba mi juego y diversión, claro que me subía a los juegos mecánicos o jugaba a las canicas a ver si me ganaba el peluche más grande. Alguna vez gané unos cuantos premios, pero no pasaba de ahí. Aún recuerdo esas caras alegres, borrachas, sudando y serias al momento de los actos religiosos. Por religiosos no sólo me refiero a la misa, sino a cualquier tradición que se vuelve tan  importante para algunos que no las cambian por nada. Cuántos amanecían muertos en alcohol por celebrar a  San Pedro Campesino, y San Algo en otros lados, todo un desgaste de un año para gastarlo en tan pocos días. Desde entonces me formé a la idea de estar yo para organizar lo que los otros gastan, de estar tras bambalinas en eventos de los que otros se deleitan y dónde yo gano. Tantos recuerdos que parecen tan lejanos y distantes, pero son esos que sabes que  han hecho algo de quien eres.

Y así con esos recuerdos, saliendo del restaurante fue cuando me dirigí al hospital dónde estaba mi padre. No le avisé a nadie y sólo vine, y aquí estoy sentado en un pasillo pulcro en unas sillas algo incómodas. Afuera de una habitación a la que no me atrevo a entrar aún. La enfermera amablemente me comentó que mi padre dormía y le dije que esperaría y aquí estoy, recordando y escribiendo en mi portátil. Aunque me pareció curioso no ver al resto de mis familiares, me dijeron que todos acababan de irse a comer algo y no tardarían. No me pareció extraño hasta cierto punto saber que mi padre estaba estable y el servicio del hospital era excelente por lo que les debió haber costado. Mi padre siempre fue ese Señor respetable en el pueblo, el hombre rico que simpatiza con todos y al que todos buscan y él a quien todos quiere apadrinar. Sin él las fiestas no se hubieran hecho, no sólo por el dinero que aportaba sino por el entusiasmo de conservar ideas y tradiciones, no lo aprobaba y aún quería entender por qué él estuvo al pendiente te todos y en una distracción se olvidó de mí. La verdad es que hay cosas que le culpo, no así decisiones que yo tomé como irme de la casa y no volver jamás, y aquí estoy. Sentado afuera de su habitación, con la respiración poco agitada y buscando la manera de distraerme, pensando si armar algún discurso profundo o ser simple y preguntar cómo está. No sé qué hacer, no imagino  su cara. Tengo miedo de su reacción aunque sé que él me estaba buscando. La enfermera me acaba de anunciar con una voz casi susurrando que ya despertó y podía pasar a verlo y yo bueno… no sé. Es momento de entrar, espero no desmoronarme, otra vez.

 

El cambio está en uno

"Que según esto el cambio está en uno, como si yo tuviera el poder sobre los impuestos, el narcotráfico, la burocracia y el crimen organizado"

César Camacho

 

El (triste) comienzo de un nuevo México.

Yo.

Este, Enrique Peña Nieto es el inicio de un retroceso de todo tipo. Si tuviste una victoria legítima, no marcharé a lado de Andres Manuel Lopez Obrador ni algún político. Si lo hago, será para iniciar mucho de lo que haré por no morir sabiendo que dependo de ti y el resto de tus seguidores (algunos comprados por nada y convencidos por estupideces). Pero no me quedaré en una protesta. Dejaré de ser el mediocre que tal vez he sido. Y el país no seguirá adelante por ti. Ni por los muchos políticos que llevan en sus manos sangre y abusos. Sino, y tengo la última esperanza, de que sea de gente que está decepcionada como yo. Pero como yo, no se quedará en lo que hizo (aunque haya sido mucho), sino tomará en sus manos más responsabilidades de las que tiene. Yo así haré, estoy triste y decepcionado. De la mayoría de los mexicanos, de ti… y creo que de mí. Pero de mí no será por mucho más. Haré más.

Tragando palabras propias.

Mis palabras con salsa a la bolognesa, porque me encanta tragármelas. Mis palabras

Diego García

Capítulo 13, segunda parte.

Susana

 

            — ¿Mamá? ¿Me oyes? Estamos aquí contigo

            ¿Sí los oigo?  Ay mi’jo, sí los oigo.  Estoy aquí, intentando decirles que aún no me voy. Pero ya no quiero seguir. ¿Tú me oyes? ¿Se mueven mis labios? Creo que mis ojos intentan abrirse. ¿Están mis nietos aquí? Quiero verlos, diles que me iré sin conocer a ningún biznieto. Ojalá que los eduquen mucho mejor de lo que yo a ustedes y de lo que ustedes a ellos. Díganles a mis nietos y nietas que quieran muchos a sus esposas y esposos. Que no sean agrios, que les digan cuánto los aman y a sus hijos también.

            No quiero rendirme, quiero seguir viendo el amanecer, pero ya no quiero verlo desvanecerse tan pronto. No lloren mucho cuando me vaya, hemos llorado tanto que ya no creo poder seguir haciéndolo. Ya no quiero. Es más, no recuerdo cuándo fue la última vez que derrame alguna lágrima. Tal vez cuando era niña.

            Espero que así como yo cuándo estuve muy mal, les digan a mis yernos y nueras que los quiero mucho, que les agradezco todo lo que han hecho por todo lo que me han soportado y aun así, me hicieron sopa cuando no la quise. Me limpiaron cuando tiré todo. Le abrazaron cuando yo los maldije. Ellos son grandes por soportar a mis hijos y por hacer lo mejor por educar a mis nietos. Estos últimos empujoncitos en mi vida fueron porque me amaron casi como su madre, sin serlo.

            Yo ya estoy despedida del mundo, no abriré los ojos ni una vez más. Prefiero ir recordando uno a uno a mis nietos. Así si no abro los ojos, la muerte será menos dura para mí. No lo habré notado. Siento que en algún momento sin darme cuenta estaré en el cielo en el que tanto creí y habré dejado de respirar, de sentir. No puedo decir que este lapso entre la vida y la muerte es doloroso. Tampoco es feliz. Solamente es el momento más solo de nuestras vida, porque realmente morimos solos.

           

            —Susana, perdóname por no saber quererte. Por no dejar de ser yo y ser un buen esposo. Intenté todo al final.

            Sí, te perdono. Perdóname tú. Pero es tiempo de irme, es tiempo de que estés solo también. Disfruta a tus nietos, deja que te quieran.

 

            Es tiempo de irme, me esperan en otro lugar.

 

            —Adiós abuela, ya no pude despedirme.

            Adiós, mi vida.  No te preocupes, ya nos habíamos despedido. Yo ya no estoy aquí. Espero verte en muchos pero muchos años en otro lugar, allá arriba donde estaré yo. ¿Tú estarás allá? Espero que sí. Yo sí me acuerdo cuando hace algunos días lloramos juntos con algunos otros primos y tíos tuyos. Nos tomamos de la mano y pedimos a Dios por mi salud. Dimos gracias por todo lo malo y lo bueno. Todos lloramos, yo no pude. Pero sé que me recordarás con todo lo bueno. Pediste porque tuviera ganas, pero hay veces en las que estas se pierden o nunca estuvieron ahí. No creas que no me gusta vivir, lo disfruté muchísimo. Nunca me quejé. Siempre reí.

           

            Oigan, sí los puedo escuchar. Ah, ya recordé que ustedes a mí no. Bueno, es posible que sí, sé que así será. Pero bueno, aquí estoy por los últimos momentos.

 

            Elena, cada que veo tu mirada me veo a mí hace algunos años. Qué bueno que eres la mujer que siempre quise ser. Gracias por no llorar y recordarle a todos que sigan adelante y agradecerles por estar aquí, también estoy agradecida. Sé que no me dijiste que Gabriel está desaparecido, sé que lo resolverás. Te pido que no vayas muy lejos.

            Salvador, no dejes que tus hermanos olviden lo que tanto me enseñaron y aprendimos juntos, no dejes que tus hijos y sobrinos vivan como si la vida no tuviera fin. Gracias por todo. Dios es grande y lo sé gracias a ti.

            Sí, yo también puedo recordar cuando tejía a altas horas de la noche, hija. No sabía que tú me veías, de haberlo sabido no lo hubiera hecho para que no lo notaras. Perdóname por no saber cómo enseñarte de la mejor manera a vivir.

            A ustedes hijos los quise mucho también y sé que ustedes mí también. No supe cómo enseñarles a mostrar el amor, pero no se mueran con él adentro.  

            Sí mis vidas, los puedo escuchar. Tuve a unos nietos fabulosos y gracias por todo. Mejor guardo sus palabras para mí. Me las llevaré y las tendré para cuando, espero, nos veamos de nuevo.

 

            ¡Ay preciosa! Gracias por esas palabras. No sabía que tuvieras en esa mentecita tan pequeña pensamientos tan grandes. Gracias por permitirme ser una pieza de ese rompecabezas que tú dices que es la vida. Tú fuiste una gran pieza del mío también y sé que lo serás del mundo.

           

            No cariño, nunca es suficiente para estar con alguien. Pero estuvimos lo que tuvimos que estar. No dejes de ser el hombre que tanto quieres ser. Gracias por llorar conmigo y por mí. Gracias por tenerme en tu memoria.

 

            Gracias a ti precioso por dejarme ser tu confidente siendo tan pequeño. Tanto que tienes que decirle al mundo. No pares, nunca.

 

            Gracias por sus palabras a todos ustedes, gracias por todo. Gracias por estar aquí. Gracias por esos aplausos porque me voy. Los puedo escuchar, los puedo sentir. Gracias por creer que fui un ser humano ejemplar, inclusive con todos mis defectos.

           

            ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Adiós!

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Prueba

Prueba

Se hincó, pero no fue a la iglesia.


En la azotea de algún edificio dos señoras colgaban su ropa limpia.

Resulta man’ta, que uno ve cosas re misteriosas cuando trabaja con las señoras de harto dinero. Uno piensa que lo ha visto todo pero no.

—Ay pero si tienes re´poquito trabajando —contestó Roberta mientras tendía su ropa en la reja de a lado— Que se me hace que andas de chismosa, si bien que te gusta.

—‘Sea chismosa Roberta, porque bien que le gusta que se los cuente. Bueno ahí le va. Yo cuando llegué a casa de Doña Monterrubio, me di cuenta que es pero bien religiosa, es la que organiza un montón de cosas de la procesión esa de Iztapalapa.

—Dios la bendiga —dijo bien seria y se persignó.

—¡Ay sí! Dios se apiada un montón de ella. Pues viera que se apasiona un montón por las cosas de la iglesia, y la he visto trabajar bien duro para organizar lo que le toca de la procesión, ni sé bien qué es pero ella es bien emocionada del tema. Hay veces que la veo toda desvelada a la pobre que ni puede con su alma. Un día, dijo que estuvo toda la noche trabajando, y sí le creo porque tenía unas ojerotas. —La otra hizo unos ojotes y ésta siguió—: Me dijo ella «Por eso no tengo esposo Carmen, por andar duro y dale, por andar entregada en lo que es bueno ningún hombre se queda conmigo». Ese mismo día me dijo que había estado platicando todo el día anterior con el que la hace de Cristo y ni quiero sonar blasfema, pero es muy lindo el muchacho, ha de tener un corazonzote. Pero a mí que se me hace, dijo que lo estuvo entrevistando un ratote y que a fin de cuentas Dios le dijo que estaba bien. Quién sabe cómo Dios li hable.

—Ay no seas blasfema, todo lo imaginas mal.

—No Roberta, por eso digo que quién sabe. Yo no juzgo a la gente.

—Bueno síguele que está re bueno esto —se agachó por más calcetines para colgar mientras escuchaba.

—Bueno pues digo que Doña Monterrubio sigue sola por la vida, a mí se me hace que ahí sí diosito se porta mal con ella. Tan devota ella. Aparte vieras de verla, está re chula para la edad que tiene, se cuida un montón

—Claro, con tanto cosa que se ha de echar encima.

—Pues sí pero bien que le da resultados, ya quisieras estar así. —Roberta le negó con la cabeza y se volteó como indignada. Pero Carmen continuó quitada de la pena—: Le preguntaré que cómo le hace, igual nos dice. Pero aún no acabo de contarte. ‘Ira, la otra vez después de eso fue cuando comencé a pensar bien raro. Hay un señor que dice que le imprime todos los volantes que para el evento y un día llegó a la cada mientras la Doña no estaba. «Vengo a cobrar» dice. Yo bien asustada le llamé a la Doña y le dije que un señor así como alto de voz profunda venía a cobrar, que era el la imprenta dice. Total que me dice que lo pasara y que lo hiciera esperar en la salita que ella casi llegaba. Lo dejé pasar, vieras la carota de pispireto que se le puso cuando le dije que pasara. Pero esa misma carota se le quitó cuando le dije que la señora no estaba y reapareció cuando le dije que ya casi llegaba. En una de esas me dio miedo. Capaz que algo quería conmigo. Yo me puse a aspirar la casa que ni me di cuenta cuando llegó la señora ni cuando se fue el señor este. Ya pa’ cuando me di cuenta la señora bien fatigada me dice que se iba a dar un baño, que estaba bien acalorada. “¡Posoye, cómo no!” pensé yo.

—Ay no seas, te digo que eres bien mal pensadota.

—Pues hacía un calorón ese día. Ya me asomé y el señor ya no estaba en la salita, ni su coche afuera. Igual se había ido y yo ni un vasito de agua le ofrecí al pobre.

—Y el ese muchacho que la hará de Cristo, ¿ya no va? Ha de ser bien pesada su preparación ¿no?

—Pues es re bueno en eso de la actuación dicen. Y pues cómo no, imagínate ante tanta gente y responsabilidad que uno debe sentir lo que fue la pasión de Cristo. Y sí se siente re fuerte. Pues allá en la casa yo ni veo, cuando yo me voy él va llegando o cuando yo llego ya se está yendo.  Pero creo que la Doña es como su maestra, no de religión, pero como es parte de las organizadoras, pues le ha de saber bien al asunto,  y al de la pasión también.

—Ay tú, ojalá que diosito te castigue por andar malpensada de la gente que trabaja en Su obra santa. ‘Tas viendo y no ves que ese evento tan importante y tú pensando que hacen pues…cochinadotas.

—Explícame por qué la otra vez que abrí la puerta del cuarto tantito ella andaba hincada y él parado. Ni es cura ni están en la iglesia pa’ confesarse.

—¿Los viste bien?

—No pues me asusté y mejor me fui. Yo en la vida privada de la gente ni me meto ni quiero saber a’i como dicen, cada quién ¿no? Y ni me digas de los castigos divinos que bien jodidota ando con… —terminó a punto de llorar—.  Con todo esto de mi hija…

Roberta soltó la cubeta que cargaba y se fue llorando.