Capítulo 14, primera parte.
Carlos
Si estas fueran hojas de papel, ya las hubiera arrancado todas y las hubiera quemado. Pero no lo son. Cual revolucionario, estoy escribiendo desde una laptop. Estoy entre escribir una nueva entrada de blog o borrarlas todas, cerrar mi lap y continuar con mi vida y dejarme de mamadas. ¿Recuerdan la anterior sobre mi amigo y sus fetiches? Yo sí, mi vida está llena de trivialidades así, pero son graciosas. Él ahí sigue pero ya tiene otro nuevo amor de su vida. Mientras él se preocupa por conseguirlas más buenas, a mí me dio por tener miedo por las elecciones que estaban por suceder.
Así como así, de pronto empecé con una ansiedad de las cosas. Prometo que me llamaba un apático de la política más por flojera que por otra cosa, como todos. Pero antes del triste día del primero de julio, yo tenía esperanzas. Pasé de una negatividad, a un temor, a una ansiedad, a una preocupación. Pa’ qué decir que todo terminó en una decepción. Pero antes de esta, tomé un cuaderno, dividí en cuatro partes todo, puse sus nombres. Leí, investigué, busqué noticias, todo. No tardé en decepcionarme al escribir su historia académica, pero aun ilusamente pensé que el menos preparado sería el que lógicamente tendría menos oportunidad, la gente no quiere a un imbécil por presidente. Tan pronto hice ese juicio, llegué a la parte donde vi quiénes eran las parejas de los candidatos. Pues ese menos preparado tenía todas las de ganar cuando vi a su esposa. ¿Recuerdan aquellas pláticas en la marcha sobre la política y la farándula juntas? Ahora entiendo todo.
En hojas del papel, antes de tener información y bien despreocupadamente escribí en la sección del “menos preparado”: Atenco. Cuando comenzaba a leer noticas, testimonios, ver fotografías y demás, perdí aire, tuve escalofríos. —¡No mames¡ —Dije en voz alta. No escribí nada del suceso, y como niño sin poder describir su sentimiento, puse una carita triste.
Solté la pluma y pensé. Lo que da más pinche miedo es pensar que haya él dado alguna orden de ese tipo o no, es su responsabilidad. Por otra parte la gente que obedece ese tipo de órdenes es esa misma que en tiempos medievales viola a las mujeres de pueblos que conquista. Haya sido o no una orden de crimen, se fue más allá de lo perdonable. Fue cuando recordé la cara de mi tío al contarme lo ocurrido en Tlatelolco. No como víctima, sino como policía. Creo que él nunca se lo va a perdonar. Lo bueno es que las televisoras nacionales se han dedicado a poner al Estado de México en alto y nadie sabe qué pasó en Atenco. O lo que pasó en Acteal. O en Tlatelolco. A quién le importa.
—¿Ya sabes por quién vas a votar?
—No voy a votar.
—No mames, ¿y eso?
—Pues no.
—Qué pinche indiferente, por eso estamos como estamos por gente…
Otra vez la burra al trigo con sus frases malgastadas. Pues me ahorro el resto del discurso que le siguió a aquella afirmación. Seguro ya lo saben. Aquel discurso moralista lleno de intenciones de provocar una culpa que provocara en mí el deseo y la esperanza de un México mejor, que votar cambiaría todo. Y sí, o no.
—Güey, a ti no te importa nada. Ya en serio. Mínimo ve a la marcha.
—No iré a una marcha, tal vez no tengo mucho qué hacer pero tampoco tengo todo el tiempo libre.
—No haces nada, sólo entrenas y entrenas. ¿Para qué? El deporte de alto rendimiento además de ser mortal, es difícil que alguien logre algo. Qué hueva eso de las olimpiadas y así. Mejor haz algo por tu país y vota. Y ve a la marcha
—Recuérdame, ¿para qué es la marcha?
—No queremos a ese… como candidato.
—Y si lo cambian, ¿seguro pondrán a uno que sí es bueno?
—Al menos preparado.
—¿Menos corrupto?
—Pues que no deje al país en quiebra.
—¿Como el orejón?
—Pinche criticón cabrón, no vuelvo a comer sushi contigo. Por cierto, ¿recuerdas esa vieja…?
Pa’ qué les cuento lo demás.
Pinche amigo pendejo que ni sabe nada. Veré como la “democracia” en México se va al carajo sin poder hacer nada, que igual tampoco sirve. Retrocediendo como sociedad, la libertad de expresión continuará hundiéndose. Unos marchando frente a televisoras cínicas, otros criticando el sistema mientras beben Starbucks, otros viendo telenovelas mientras se quejan del precio de las tortillas, otros como yo, entrenando y superando sus fantasmas que nos los dejan en paz pero ¿y eso como pa’ qué sirve?.
Por cierto, a mi amigo le dio por votar por el candidato del que todos nos burlamos porque cambió de morra y ella creía que pues “hay que confiar y creer en alguien”. Total, creo que mi amigo hasta tiene algún puesto en algún grupo de esos activistas. Bien raro.
Por cierto, no voy a votar porque me faltaba mucho para cumplir los 18.
Rodrigo
Fiestas patronales. Varían de norte a sur y de centro a costa, cada una con comida diferente, cada santo diferente y costumbres diferentes. Yo fui partícipe de ellas por toda mi infancia, de una u otra manera cada año va cambiando la manera de vivirla y contemplarla. Barbacoa el viernes, gorditas, atoles, tamales, pambazos el sábado para desayuno. Comer asada y se cenar tacos de pastor. Dulces, pan y demás el domingo por la mañana a la espera de la comida con mole del lunes por la tarde. Sean tres o cuatro o más días hay comida a todas horas en todos lugares y para todos. He ahí dónde mi abuela me enseñó a cocinar para muchas personas, demasiadas. Recuerdo que un día muy valiente le dije que me despertara temprano a ayudarle. A las 4 a.m. muy cariñosamente se paró a despertarme y me dijo que le ayudara, nos pusimos a picar verduras, a cocer otras y a amasar masa. Que si mataban al puerco, que si el borrego o el chivo. A ordeñar y hervir la leche, llevar a moler el maíz. Todo para satisfacer paladares y no sólo llenar estómagos. Ocho de la mañana, nueve, mediodía para que a las dos se sirviera la comida. Todos comen, ríen, toman y siguen la fiesta, las mujeres: siguen trabajando en la cocina. El resto de la tarde más tortillas y más lavar trastes, y vaya que en mi caso había gente que limpiaba, no es como que mi abuela fuera la señora que todo hace, pero aun así era demasiado trabajo. No es por nada que esos días en la noche yo caía rendido y ni ganas de divertirme en las ferias, digo, también me divertí.
Pero fui de esos niños que le tenían recelo a ciertas tradiciones, yo a esas fiestas patronales donde todo me parecía un gasto de dinero, y aunque mi padre era orgulloso aportador, además de por ser de los más ricos, era un deber social. A diferencia de otros niños yo limitaba mi juego y diversión, claro que me subía a los juegos mecánicos o jugaba a las canicas a ver si me ganaba el peluche más grande. Alguna vez gané unos cuantos premios, pero no pasaba de ahí. Aún recuerdo esas caras alegres, borrachas, sudando y serias al momento de los actos religiosos. Por religiosos no sólo me refiero a la misa, sino a cualquier tradición que se vuelve tan importante para algunos que no las cambian por nada. Cuántos amanecían muertos en alcohol por celebrar a San Pedro Campesino, y San Algo en otros lados, todo un desgaste de un año para gastarlo en tan pocos días. Desde entonces me formé a la idea de estar yo para organizar lo que los otros gastan, de estar tras bambalinas en eventos de los que otros se deleitan y dónde yo gano. Tantos recuerdos que parecen tan lejanos y distantes, pero son esos que sabes que han hecho algo de quien eres.
Y así con esos recuerdos, saliendo del restaurante fue cuando me dirigí al hospital dónde estaba mi padre. No le avisé a nadie y sólo vine, y aquí estoy sentado en un pasillo pulcro en unas sillas algo incómodas. Afuera de una habitación a la que no me atrevo a entrar aún. La enfermera amablemente me comentó que mi padre dormía y le dije que esperaría y aquí estoy, recordando y escribiendo en mi portátil. Aunque me pareció curioso no ver al resto de mis familiares, me dijeron que todos acababan de irse a comer algo y no tardarían. No me pareció extraño hasta cierto punto saber que mi padre estaba estable y el servicio del hospital era excelente por lo que les debió haber costado. Mi padre siempre fue ese Señor respetable en el pueblo, el hombre rico que simpatiza con todos y al que todos buscan y él a quien todos quiere apadrinar. Sin él las fiestas no se hubieran hecho, no sólo por el dinero que aportaba sino por el entusiasmo de conservar ideas y tradiciones, no lo aprobaba y aún quería entender por qué él estuvo al pendiente te todos y en una distracción se olvidó de mí. La verdad es que hay cosas que le culpo, no así decisiones que yo tomé como irme de la casa y no volver jamás, y aquí estoy. Sentado afuera de su habitación, con la respiración poco agitada y buscando la manera de distraerme, pensando si armar algún discurso profundo o ser simple y preguntar cómo está. No sé qué hacer, no imagino su cara. Tengo miedo de su reacción aunque sé que él me estaba buscando. La enfermera me acaba de anunciar con una voz casi susurrando que ya despertó y podía pasar a verlo y yo bueno… no sé. Es momento de entrar, espero no desmoronarme, otra vez.